Y serás emigrante por siempre y para siempre...
Un día te despertarás y no será igual que otros días.
Siempre abrías los ojos y decías que era sólo otro día más, pero ese día dijiste que no, que era más bien un día menos, porque ya habías tomado la decisión.
Decidiste que ya no había nada para ti en el país que te vio nacer (los países tienen ojos, aunque no lo crean). Tampoco pensaste posible la vida sin dejar de pisar el suelo que llevabas pisando desde que tus padres decidieron bajarte de la cuna.
Así pues, el día anterior, compraste billete de ida y en la mañana comenzó el "un día menos" que te acompañó hasta el otro lado del charco, donde comenzaste a contar los días desde el día que pisaste tu tierra no natal.
Y comenzaste a descubrir las cosas que ya tanto te habían dicho que verías, sólo que esta vez las viste con tus propios ojos.
Y descubriste que lo único que no está inflacionado (existe el término?) es la economía. Que el tercer mundo a veces es un estado mental y/o educativo y que, como dice en Maestro Gabriel García Márquez, en boca de Fermina Daza, con cuatro palabras al preguntarle sobre Europa: "es más la bulla".
Sin embargo, estás acá y acá te quedas. Porque ya ha pasado el tiempo suficiente como pra que no puedas vivir sin las cosas de las que a diario te quejas o no terminas de comprender, o no terminas de intentar cambiar sin éxito posible. Te quedas...
Te quedas por no volver con el rabo entre las piernas o la cola entre las nalgas (lo que suene peor). Por no volver con la cabeza dentro del ala rota. Por no volver a donde dijiste que ya no volverías, sino bajo ciertas circunstancias que aún no se han dado, pero, aunque se den, ya no volverás de todas formas.
Y aprendes a no olvidar pero a recordar con cariño lo que tanto anhelas ver con los ojos y no con las tripas en las manos. Y a olvidar las cosas que no quieres recordar, porque, de lejos, no era todo tan malo. Aprendes a extrañar (echar de menos) sin rencor y sin estímulo, simplemente como se recuerda.
Y al final, no serás ya ni de aquí ni de allá, y aprenderás a vivir con el corazón roto: una pieza allá y otras tantas en los sitios donde has vivido acá.
Y a tener amigos circunstanciales, con los que compartes parte de tu presente, ya que con el pasaporte y el visado de trabajo (o la baja consular los hijos de otrora emigrantes inversos), dejaste atrás tu pasado y te convertiste en una persona que sólo tiene el presente para compartir y el futuro por soñar, maldecir, anhelar y construir.
Y echarás raíces que no esperas cortar, pero que puedes... Y levantarás muros para no dejar pasar lo que no quieres por miedo a no poder cortar las raíces que crece, aunque no quieres. Y te dolerá, pero el dolor ya formará parte de tu vida en este punto, así que será como un gimnasio para el alma, en el que el dolor es el simple efecto notorio de que te estás volviendo duro y, a ciertos niveles, de que te vas mierdificando, aunque aún eres el mismo que tenía el corazón y la foto de tu madre en la mano el momento en que el avión hacía que la tierra se viese pequeña.
Y apreciarás, de repente, todo lo que tienes. Apreciarás a todo a quien conozcas y a todo lo que te rodea.
Y en medio de la confusión de añorar, rechazar, apreciar, querer, odiar, no comprender, aceptar, te darás cuenta de que serás emigrante por siempre y para siempre...
